sábado, febrero 14, 2009

Lo que no se habla en el maltrato

Hace unos años, el gobierno socialista dedicó un gran esfuerzo en crear una ley, la "Ley integral contra la violencia de género", que generó un gran debate político, legal y social. Pasados unos años, la evaluación, ya no de la ley, sino de las medidas que la acompañaron no está siendo buena, ya que siguen muriendo mujeres y, lo que es peor, muchas siguen volviendo con sus maridos maltratadores tras denunciarlos. ¿Por qué no funciona?

Seguramente los que alegan que no hay suficientes medios tienen razón, al igual que los que afirman que el término "violencia de género" está mal definido y, ni están todos los que son, ni son todos los que están. Sin embargo, y asumiendo el riesgo de ser considerado políticamente incorrecto o incluso "facha", voy a tocar un tema del que no se está hablando, y que para mí es capital. En mi opinión, la única manera de abordar este problema es poner TODAS las cartas sobre la mesa para poder definir el problema con realismo, aunque no nos guste lo que veamos.

Antes de desarrollar la idea principal de esta entrada, me gustaría aclarar que el maltrato es un asunto complejísimo, en el que intervienen multitud de variables imposibles de resumir en un artículo. Además, cada mujer es un mundo, y dos mujeres que sufren maltrato pueden tener un carácter totalmente diferente o una historia personal completamente distinta, o pueden vivir en contextos opuestos. Está totalmente fuera de mi intención explicar un fenómeno tan complejo y tan diverso mediante una sola variable. Simplemente creo que otros aspectos del maltrato, como el aislamiento social o la minusvaloración a los que la mujer se ve sometida, el miedo físico que llegan a sentir o las condiciones económicas o laborales que se encuentran tras dar el paso de abandonar al maltratador, han sido suficientemente discutidas. Sólo intento añadir otra variable a la ecuación. Una variable a la que, quizás por ser controvertida o impopular, no se le ha dado el valor que merece.

Desde determinados contextos, cuando se habla de la violencia machista, se tiende a caricaturizar la situación y a pensar que si a la mujer se le da la opción de escapar del cautiverio al que le ha tenido sometido su marido, no dudará y escogerá la libertad y la independencia. Pero, y aquí está la clave, en muchos, muchísimos casos, más de los que pensamos, no es así. Hay mujeres que no prefieren ser independientes de sus maridos.

La realidad es que muchas mujeres de 40-60 años están atrapadas entre dos generaciones o modelos familiares o femeninos. Estos modelos son:

a) la mujer sumisa, obediente, callada, madre y esposa por encima de todo, hasta de ella misma, con un marido capitán general y cuyo único papel en la sociedad es el de cuidar al que haya que cuidar. Lo que fue su madre, vamos.

b) mujer independiente, currante y trabajadora pero, ojo, también madre, esposa, etc. O como ellas lo ven, lo que está intentando su hija.

Sin embargo, estas mujeres son los suficientemente jóvenes como para saber que hay una manera de ser mujer y esposa diferente a la que vivieron sus madres, y a la vez son lo suficientemente viejas como para saber que no pueden aspirar a ser esa supermujer que, intentan imponer los cánones feministas.

Así pues, la pregunta que bulle en las cabezas de algunas (muchas) de estas mujeres no es "¿Me quedo bajo el yugo de mi marido, o suelto amarras para llegar a la tierra prometida de la libertad e independencia femenina?", sino "¿aguanto algún grito que otro y conservo la seguridad y la compañía que me ofrece mi marido, o me lanzo al vacio, a un mundo sin oportunidades, para el que no estoy preparada, en el que no sé cómo moverme ni lo que me espera y en el que voy a acabar SOLA?"

Por mucho que nos extrañe y por poco que nos guste, sobre todo a los más jóvenes, hay muchas mujeres que se sienten mejor en una famila en la que tengan un marido autoritario que les diga lo que tienen que hacer y que les den una seguridad "material", que en una familia en el que ellas tengan que ocuparse de todo, en la que tengan que tomar todas las decisiones. Seguramente es lo que han visto, es el entorno en el que han aprendido a moverse. Dicho de otra forma, saben lo que les espera, saben cómo comportarse.

No, las mujeres que vuelven con sus maridos maltratadores no son estúpidas. No vuelven con su marido porque no sepan a lo que les espera en el futuro. Todo lo contrario, lo saben mejor que legisladores, políticos y periodistas. Pero por muy poco que nos guste la idea, y por muy duro que sea decirlo, muchas mujeres prefieren tener un marido al que obedecer, cuidar, que les da seguridad y compañía, por mucho que las traten como inferiores, que enfrentarse a un mundo duro y hostil, en el que están solas y en el que, finalmente, acaban cuidando a extraños o las casas de los extraños por una miseria de sueldo y soportando los malos modos del jefe (o jefa) de turno.

Tenemos juicios rápidos, unidades policiales específicas, trabajadores de todas las profesiones imaginables trabajando en el tema. ¿Podemos hacer algo más? Por supuesto. Podemos y debemos intervenir en las variables educativas, culturales y sociales, además de en las legales, psicológicas y económicas. Podemos enseñar a las mujeres, a los hombres, a las chicas y a los chicos, qué comportamientos y valores, aparentemente inocuos, están ligados al maltrato. Podemos enseñarles a que no se comporten así, a no permitir que se comporten de ese modo con ellos y ellas. Podemos enseñarles a identificarlos y a intervenir de la manera adecuada.

El matrato es un problema de todos, hombres y mujeres, y en nuestra mano está resolverlo.